Había una vez una casa en lo alto de una avenida. De frente sus ventanas en forma de arco impresionaban al visitante. Sus blancas paredes ofrecían su bienvenida. De cerca, el verdete daba un toque colorista a los muros. Las ventanas empañadas ofrecen calidez al que mira.

En esa casa hay una rampa, larga y empinada, que los propietarios empedraron un verano. Se estira todo a lo largo y ancho y da seguridad al que se acerca. Los arcos ya no impresionan. El blanco ya no es tan blanco. Y el empañado de las ventanas son dibujos navideños que no se han borrado.

En esa casa. En esa rampa. Justo ahí mirando a todo el que pasa vive un perro. Un perro grande. Un perro orgulloso. Un perro lobo. Es “el perro que vivía en la rampa”. De día ladra por los jardines cuando oye un ruido, cuando oye un coche, mientras baja la rampa. De noche ladra a los gatos que le roban la comida

Vive en la rampa. Estirado donde la última pieza del empedrado se une a la acera. Estira sus patas por debajo de la valla y apoya el morro con semblante preocupado. Observa la vida que acaece en la avenida.

Todo el que se acerca a la valla de entrada recibe el gruñido del perro. Si eres amigo mueve la cola y se sube a la valla. Si no … también. Si sube por la avenida una furgoneta blanca ladra y ladra sin parar hasta que la pierde de vista. Si viene el cartero ladra al perro vecino, el perro que vivía bajo un techado anexo a la casa. Si viene el basurero se sienta y observa. Y si viene un coche .. ay! si viene un coche. Desde arriba lo ve llegar. Cuando baja lo observa maniobrar. Si es blanco mueve la cola de forma tímida. Si aparca mueve la cola nerviosamente. Si alguien baja disimula y ladra como si algo defendiera.

Es el perro que vivía en la rampa.

Durante un tiempo el perro tuvo un compañero, un socio. Un gato negro, pendón desorejado, cuya fama en el barrio lo precedía. Todas las gatitas lo llamaban “el gato del collar”. Elegante y discreto paseaba sus encantos por el centro de la avenida. El perro lo miraba y lo admiraba por su pericia. Entre los barrotes siempre se colaba y a pasear se largaba.

Jugaban y se perseguían y compartían el jardín. Pero un verano que el perro no estaba, el gato murió. Mala noche, mal día, el día que aquella jovencita lo miró apasionadamente. Se hizo el valiente, lamió de aquella comida …

Un día el perro recibió otro socio. Una compañera. La llamaban “el elemento insurrecto” y su pasión son los árboles. Gatita ágil y cazadora, salta sobre el perro y le reta a duelos sin cuartel. Terror de los abejorros, 4 meses de fama bien merecida, de morder y arañar, la preceden allá donde va.

Este cuento lo escribí en 2009. El perro tenía 4 o 5 años y el gatito se llamaba Pingus. La compañera que se le llevó al perro sigue corriendo y jugando por aquí pese a su carácter, sus escapadas y su espíritu aventurero.

Años más tarde, el verano de 2014, el perro recibió un nuevo compañero. Un gato peludo, pachorra como nadie y de carácter afable y bonachón. Ese gato debe tener unos 8 o 9 años y se ha habituado a todo y todos. Incluso a la gata mal carada a la que persigue para aprender de ella o jugar, cuando está de buen humor.

Estos días no estaba de buen humor. El perro que vivía en la rampa ya ni siquiera bajaba a la rampa, no defendía la casa y el gato peludo es un desastre como defensor de territorio. Pese a su peso y tamaño prefiere una buena siesta a una pelea tonta. La gata ahora se pasa el día en el garaje, enfadada, durmiendo sobre el motor del coche.

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El perro ya no está.

Aunque sigue con nosotros, ya no defiende, ya no ladra. Ahora corre por el jardín, libre y feliz con su amigo Pingus, el gato pendón, y un gato amigo, Nico, que por azares de la vida vino a dormir a nuestro jardín. Si miras en lontananza, al atardecer, puede que los veas. No los molestes, son los guardianes de la casa.

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